En tiempos de elecciones, cuando el peronismo está en el gobierno, el problema no son los adversarios políticos circunstanciales sino la propia tropa, que se divide -o se desconoce- porque entran a disputarse espacios de poder. Este último concepto atrapa como un imán irresistible a los "compañeros". Y no lo ocultan, ni se avergüenzan de ello. Por lo menos no pasa inadvertido para los que conocen el "rubro". Es lo que sucede en San Miguel de Tucumán, donde todos están peleados con todos, y donde todos se miran con desconfianza. Las lealtades se han puesto en duda. En ese marco, algunos osaron hacerse una pregunta peligrosa en sí misma: ¿y si no nos va bien en la capital? El interrogante no está destinado a prevenir el mal sino a encontrar los posibles culpables de esta eventualidad. Y como en el peronismo no hay grises, estás aquí o allí; siempre hay responsables de los "errores": y siempre son ajenos. ¿Mea culpa?: jamás. El código genético no lo admite. El culpable está allá, y es un traidor.
Según el grupo que haga el análisis sobre esa posible "catástrofe" electoral -que, convengamos, sería no alcanzar en la ciudad el 40% de los sufragios que indican las encuestas que se manejan en la Casa de Gobierno-, los responsables cambian de apellido. Desde el alperovichismo ya ensayan explicaciones y han establecido un orden de mérito en las culpabilidades: primero, Amaya; segundo, los precandidatos; tercero, los dirigentes territoriales; cuarto y lejos, el gobernador. Sí, Alperovich al final, porque el jefe no puede ser afectado por las esquirlas de un traspié en cuanto a votos. Ojo, no de bancas. Se apunta que, si la "elección viene complicada", el intendente sólo podría aspirar a una vicegobernación en 2015. Pero, si los comicios le salen redondos al oficialismo, Amaya no aparecería en la foto de los candidateables del alperovichismo. ¿Alperovich no figura en la nómina? Algunos han deslizado que el jefe del Ejecutivo se borró para pelear un cuarto mandato, lo que -de ser cierto- abriría la puerta a una lucha inconmensurable por la sucesión. En ese caso, el índice del mandatario provincial valdría su peso en oro, ya que bendecirá al elegido. Es verdad, nadie lo escuchó decir "estoy cansado, no quiero ser"; sin embargo, los años no vienen solos.
Desde otras trincheras también se ensayan excusas para cubrirse de los dardos acusadores: que no aparezco en la nómina, que no me invitaron, que me llaman para trabajar pero no me dan nada, que nos palmean con discursos de unidad que duran hasta las 18 del día de la votación, que tengo votos y no me dieron un lugar. Hay más explicaciones, y todas en el fondo señalan a un solo culpable: Alperovich. ¿Por qué? Porque sugieren que cometió errores políticos que pagará finalmente en las urnas, además de las posibles incidencias negativas de la inseguridad, del caso Lebbos, de elegir candidatos con flancos débiles y, sobre todo, de apoyarse en aquellos que le deben favores -que van a aplaudirlo y a decirle que sí a todo- y no en los que tienen un buen trabajo territorial; esos que ganan elecciones.
En suma, están los que dicen que Alperovich es un buen ajedrecista porque supo elegir los delfines para echarles las culpas si la elección le es adversa; están los que acusan al gobernador de ser un pésimo jugador político porque no se asocia con los que tienen los votos, y están los que sugieren que el mandatario no se ha dado cuenta de que ha comenzado a perder poder, porque se acerca el fin de su ciclo y porque se aferra a una idea de poder donde la sumisión y la obediencia ya no son las que eran. De todo, lo único cierto es que Alperovich está inquieto por la capital. Algo intuye y no quiere sorpresas. Su preocupación lo desnuda.